En las silenciosas y frías calles de San Antonio de los Cobres, la medianoche del último miércoles se convirtió en el escenario de una pesadilla que quebró la apacible vida de sus habitantes, cuando una desesperada familia decidió salir a cazar a los ladrones que le habían robado la moto —su único medio de sustento— ante la alarmante ausencia policial.
El dolor de perder lo construido con esfuerzo diario contrasta tristemente con la impunidad: mientras medio centenar de vecinos se reunía el jueves para alzar la voz conmovidos por testimonios desgarradores —como el de un abuelo apuñalado y una anciana despojada de sus ahorros—, los delincuentes recuperaban la libertad pocas horas después, dejando una estéril sensación de frustración en un pueblo que clama por auxilio.
La situación llegó a límites insólitos cuando las llamadas de auxilio no fueron atendidas a tiempo por las autoridades, obligando a los propios damnificados a enviar su ubicación y custodiar a los sospechosos; una cruda muestra de que el crecimiento minero y turístico de la región contrasta dramáticamente con la falta de cámaras, iluminación y una fiscalía propia que proteja a las familias.
Las autoridades municipales, encabezadas por el intendente Alberto Carral, enfrentan hoy la urgente presión ciudadana ante un grito desesperado que traspasa las fronteras del pueblo: es imperativo actuar con medidas concretas antes de que la desolación se convierta en una tragedia irreversible de la que ya no se pueda retornar.