Historias que alimentan el alma: La historia de una abuela, dos huevos y un trato que no figura en los libros de contabilidad

Historias que alimentan el alma: La historia de una abuela, dos huevos y un trato que no figura en los libros de contabilidad

En el mundo de los negocios, los números son fríos. Las farmacias, en particular, suelen ser lugares de transacciones rápidas: recetas, códigos de barras y tickets fiscales. Sin embargo, a veces el mostrador se convierte en un puente de humanidad que ninguna hoja de cálculo podría registrar.

Sucedió un día cualquiera. Una mujer mayor, de esas que llevan el peso de los años en su caminar pausado, llegó buscando un medicamento para la presión. No era un lujo, era su vida. Tras recorrer varias farmacias sin éxito, finalmente allí lo tenían.

Pero el problema no era el stock, sino el precio.

Al escuchar la cifra, la señora no se quejó del sistema ni de la inflación. Simplemente abrió su bolso gastado y, con una delicadeza conmovedora, extrajo un bulto pequeño: dos huevos frescos, cuidadosamente envueltos.

"Hijo, es lo único que tengo hoy para pagarle. Por favor, necesito el remedio", dijo con una dignidad que desarmó cualquier protocolo comercial.

Quien la atendía sintió que el tiempo se detenía. En ese instante, tuvo que elegir entre ser un empleado eficiente o ser una persona extraordinaria. Eligió lo segundo. Tomó la caja de pastillas, la puso en manos de la abuela y, con una sonrisa, le explicó que no debía nada. Ella insistió en dejar su humilde pago, pero le pidieron que se los llevara para su cena.

La mujer se marchó con su medicamento y su dignidad intacta.

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